-María Luisa Angarita- En el silencio de las horas la soledad nos invade, se adhiere al alma como un tormento ineludible y no cesa. A veces no importa cuánto ruido nos acompañe, ni cuantas horas de risas y palabras intenten dispersarla. Simplemente aparece y no se aleja, como si la existencia estuviese marcada por esa sensación inquebrantable, como si fuese eminentemente necesaria para la subsistencia. Pasan los autos, los quebrantos, los amigos y ella permanece, etérea e intocable pero tan opresiva que sólo queda asirse de su esencia y respirarla.